jueves, 4 de marzo de 2010

René Descrates: Lectura complementaria


“Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y las demás cosas exteriores, no son sino ilusiones y ensueños, de los que él se sirve para atrapar mi credulidad. Me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, ni sangre, sin sentido alguno, y creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente fijo en ese pensamiento, y, si, por dicho medio, no me es posible llegar al conocimiento de alguna verdad, al menos está en mi mano suspender el juicio. Por ello, tendré sumo cuidado en no dar crédito a ninguna falsedad, y dispondré tan bien mi espíritu contra las malas artes de ese gran engañador que, por muy poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada”. Meditación primera


Rene Descartes (1596-1650) es considerado el fundador del racionalismo porque su pensamiento influyó en todo el desarrollo de la filosofía moderna. A su vez se le conoce como el creador de la Geometría Analítica. Las principales obras son Discurso del método, Las meditaciones acerca de la filosofía primera, Principios de la filosofía, Reglas para la dirección del espíritu, Tratado de las pasiones del alma, Tratado del mundo, Tratado sobre la divinidad, La búsqueda de la verdad por la luz natural (diálogo inconcluso).

1 El Método

Descartes concibió el método como la necesidad de proporcionarle a la filosofía un orden coherente para colocarla a salvo de simples conjeturas. Sin método cualquier tarea se hace imposible e inútil; por lo tanto, este es el único que suministra a la filosofía bases firmes para ejercer la reflexión en el pensamiento moderno. Una investigación seria exige un criterio que garantice la obtención de conocimientos objetivos. La evolución del pensamiento filosófico ha de hacerse factible mediante un método que genere progreso como lo ha hecho la ciencia que procede con rigor y exactitud. Cuando lo dicho se comprueba las verdades tienen aceptación general.

El método de Descartes es propio de las matemáticas: racional-deductivo. En este sentido, la filosofía debe ser axiomática: a partir de principios básicos se deducen todas las posibles relaciones. Estas verdades axiomáticas son fundamentadoras, evidentes, claras y distintas. En consecuencia, el punto de partida para filosofar en el método cartesiano no son las cosas reales, los hechos o circunstancias sociales, políticas, culturales, económicas que rodean al sujeto. El nuevo punto de partida es la interioridad del sujeto pensante que puede alcanzar la objetividad y la certeza del conocimiento. La ideas y el pensar tienden el puente hacia lo real.

Las reglas del método son:

1. No admitir nada por verdadero. Todo debe estar fundado en bases sólidas e indubitables porque de lo contrario pueden en cualquier momento desplomarse.

2. Dividir cada una de las dificultades en tantas partes como sea posible y necesario para resolverlas mejor (análisis y síntesis).

3. Llevar los pensamientos en orden: Comenzar por los más simples y más fáciles de conocer para subir poco a poco hasta el conocimiento de lo más compuesto; hacer enumeraciones y revisiones generales con la seguridad de no omitir nada.

2 La duda metódica

Para llegar a la obtención de verdades firmes y objetivas, Descartes postula la duda. No se trata de una duda caprichosa y ficticia sino de un medio para cuestionar todas las verdades que hemos recibido y aceptado tradicionalmente sin someterlas a una crítica fuerte que nos garantice la objetividad. La duda tiene como finalidad proporcionarnos un principio indubitable, una verdad absoluta y evidente a partir de la cual se puedan deducir todas las otras verdades de carácter filosófico.

La duda cartesiana es universal puesto que se extiende a todo lo dado como verdadero. No se trata de una posición definitiva como la actitud de los escépticos que niega toda posibilidad de llegar al conocimiento verdadero. Por el contrario, la duda cartesiana ha de ser una posición voluntaria que se toma mientras encontramos razones suficientes para superarla. De esta forma, dudamos mientras comprobamos pero una vez comprobado aceptamos ciertas verdades como objetivas.

Para Descartes, es posible dudar de todo y es necesario hacerlo para poder encontrar no sólo las raíces de nuestros errores, sino los primeros principios del conocimiento verdadero a partir de los cuales se puede edificar la ciencia. No obstante, hay algo de lo cual no se puede dudar mientras dudamos de todo. Para dudar de todo tengo que existir, es decir, para poder dudar de todo no puedo dudar de quien duda porque de lo contrario no dudaría.

Aquí encontró Descartes la verdad indubitable de su propio pensamiento. Ella es tan evidente como una verdad matemática: "cogito, ergo sum". El sentido de esta primera verdad es inmediato, intuitivo, fundamental y a partir de ella se han de deducir todas las otras verdades. De esta primera verdad se desprende como consecuencia la supremacía de la razón sobre las cosas porque pone la existencia como una consecuencia del pensamiento. A su vez hace del yo una sustancia pensante que nos proyecta al mundo y lo justifica todo.

El nuevo criterio de verdad y objetividad está dado por la evidencia, es decir, las ideas claras y distintas. En consecuencia, la objetividad de un conocimiento no se determina por los objetos sino por las ideas que tengamos de esas cosas en cuanto se presenten con claridad y distinción. Para saber si algo es objetivo es necesario mirar hacia la propia interioridad del sujeto. Sin embargo, no todas las ideas ofrecen para Descartes la misma claridad, evidencia y distinción, por lo que distingue tres tipos de ideas y con ellas establece diferentes grados de certeza:

a) Ideas adventicias o adquiridas: las que formamos por la experiencia sensible y que, por tanto, no ofrecen plena seguridad.
b) Ideas imaginativas o artificiales: las que formamos por combinación de otras imágenes o de otras ideas.
c) Ideas innatas o naturales: están en nuestra facultad de pensar. De éstas podemos tener absoluta certeza porque tienen como fundamento a Dios quien las coloca en nuestra mente. De ellas podemos predicar la evidencia, la claridad y la distinción.

3 La existencia de Dios

El problema de la existencia de Dios tratado en la Edad Media con base en la fe y la revelación es reformado por Descartes. El “cogito” no constituye toda la verdad, sino el sólido punto de partida y de apoyo para descubrir la verdad. Es necesario, superar los límites de la conciencia subjetiva para alcanzar una realidad que existe objetivamente.

Si reflexiono sobre el modo como adquiero conciencia y certeza de mi existencia me percato de que tengo conocimiento de mi ser porque dudo y pienso. Sin embargo, por el hecho de dudar yo existo como un ser imperfecto y limitado ya que el conocer es una perfección mayor que el dudar. Por consiguiente, yo no puedo ser la causa de un ser imperfecto, porque si yo lo hubiera sido me habría dado todas las perfecciones. Así, la causa de mi ser imperfecto es un Ser Perfecto. De este modo, Descartes saca del “cogito” la prueba de la existencia de Dios: el ser causa de sí mismo es perfectísimo; el ser imperfecto no puede ser causa de sí mismo. Existe un Ser Perfecto que ha creado los seres limitados e imperfectos, los cuales no pueden ser perfectos en cuanto el concepto de creación implica metafísicamente la degradación del Creador a las criaturas.

Por otra parte tampoco podría advertir mi límite y mi imperfección si no tuviera en mí la idea de un ser ilimitado y perfecto. Esta idea no puedo producirla yo, ser finito, ni una cosa o el conjunto de las cosas del mundo exterior, en cuanto que lo finito no puede ser causa de lo infinito. Por lo tanto, como el efecto no puede contener en si nada que no tenga la causa, concluye que la idea de Dios que poseemos debe tener por causa a Dios mismo, por consiguiente, Dios existe.

De igual forma, Descartes se apoya en el argumento ontológico de San Anselmo para demostrar la idea del Ser Perfectísimo. En consecuencia, no podemos pensar a Dios como ser perfectísimo sin pensarlo como necesariamente existente, es decir, no podría existir en mí la idea de Dios, si Dios no existiese verdaderamente. Hablar de un ser perfecto que no exista es una contradicción, ya que la existencia es una de las mayores perfecciones. Un ser perfecto de hecho debe existir, o mejor existe, de lo contrario no sería perfecto.

Las tres pruebas anteriormente anotadas se apoyan sobre la idea innata de Dios. Dios, para Descartes es la causa primera, fundamentadora de todo cuanto existe. La existencia de Dios es tan evidente que Descartes llega a considerarla como la más real y positiva, la más clara y distinta de todas las ideas, cuyo valor se extrae por medio de la intuición racional donde podemos captar en forma inmediata la existencia, perfección, carácter absoluto, infinitud e inmutabilidad de Dios. De esta forma Dios se convierte en el centro del sistema cartesiano porque la propia existencia y la del mundo han de tener su fundamento en Dios, de lo contrario nada existiría. Los seres imperfectos tienen razón de ser en la existencia del Ser Perfecto.

4 El Mundo

Encontrada la verdad objetiva de Dios es posible fundar sobre ella la verdad objetiva del mundo. Dios, al ser la perfección absoluta tiene los atributos de sabiduría y bondad y es absolutamente veraz. Si todo lo que yo percibo fuera una ilusión, debería admitir que Dios me engaña, lo cual es contrario a la noción de Dios ya formulada. Por lo tanto, el mundo corpóreo del que los sentidos me dan testimonio, existe. Esto no significa que las cosas estén constituidas como los sentidos las representan ya que los sentidos sólo tienen una importancia práctica: hacernos conocer lo que es útil y cómodo; no lo que es verdadero y real. Yo debo considerar no lo que la materia es para mis sentidos sino lo que es para mi entendimiento, es decir, no debo quedarme en las cualidades sensibles sino llegar a las inteligibles.

Podemos deducir la existencia del mundo a partir de la idea de extensión. Esta no pertenece a la sustancia pensante sino que proviene de la sustancia corporal que es divisible y tiene una serie de cualidades como la magnitud, el movimiento, la forma y la situación. Si la extensión es el elemento constitutivo de los cuerpos su objetividad dependiente de Dios. Dios a través de su veracidad garantiza que este mundo existe como un conjunto de seres materiales.

Todas las cualidades de un cuerpo cambian constantemente menos la extensión. Así la extensión de los cuerpos constituye su esencia como el pensamiento es la esencia del alma. Las sustancias corporales poseen dos tipos de cualidades: las primarias, que existen realmente en los cuerpos: extensión, dureza, figura, movimiento, reposo, gravedad, atracción; y las secundarias, que tienen un carácter subjetivo porque se dan en el sujeto mediante la acción mecánica de los cuerpos: color, olor, sabor. Los cuerpos sólo tienen movimiento o sucesiones de movimientos. De esta forma, las sustancias corpóreas se explican mediante la extensión y el movimiento (mecanicismo). Así, los cambios que se originan en la materia son debidos a las leyes del movimiento que inicialmente se deben al impulso primitivo dado por Dios. El universo es una máquina gigantesca de la cual los cuerpos singulares hacen parte. También el hombre, en cuanto cuerpo, es un máquina admirable, pero con todo, máquina.

5 El Hombre

El hombre está compuesto de dos grandes principios: la sustancia pensante, de naturaleza espiritual, y la sustancia extensa, de naturaleza material. Entre estas dos naturalezas tan distintas no puede existir una unión sustancial, sino a lo sumo accidental. En efecto, la “res cogitans” es espiritual e inextensa y puede subsistir independientemente de la materia; la “res extensa” es material, extensa, divisible y existe sin necesidad de estar unida al espíritu. Así, para Descartes, espíritu y cuerpo son completamente distintos. Como él escribe: "Yo soy una substancia cuya esencia o naturaleza es el pensar y para existir no tiene necesidad de lugar, ni depende de ninguna cosa material; por esto yo, es decir, el alma, por la que yo soy lo que soy, es enteramente distinta al cuerpo"(Referencia).

La unión que se da entre estos dos principios no afecta a la naturaleza del alma. El cuerpo y el alma no van a formar una unidad nueva sino que cada uno de ellos conserva sus propiedades. El cuerpo se rige por las leyes de la mecánica, la extensión, el reposo, el movimiento, y el alma dada su naturaleza espiritual, no está sometida a ninguna de esas características. El alma la ubicó Descartes en la glándula pineal, desde donde ejerce la rectoría del cuerpo.

Como esta unión accidental impide explicar la íntima relación que existe entre los fenómenos biológicos y los sicológicos se recurre a la formulación del mecanicismo. La vida es concebida como un puro movimiento mecánico. A su vez, la máquina-hombre es más perfecta en sus operaciones que cualquiera otra de las existentes en el universo. La libertad del hombre ha de entenderse como una capacidad para hacer una u otra cosa, para afirmar o negar algo, es decir, como una ausencia de coacción externa que nos encauza a obrar en determinada forma.

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