John Locke y la filosofía del empirismo
I. Crítica a las ideas innatas
La forma en que nosotros adquirimos cualquier conocimiento es suficiente para probar que éste no es innato.
Es una opinión establecida entre algunos hombres, que en el entendimiento hay ciertos principios innatos; algunas nociones primarias, caracteres como impresos en la mente del hombre; que el alma recibe en su primer ser y que trae en el mundo con ella. Para convencer a un lector sin prejuicios de la falsedad de esta suposición, me bastaría como mostrar de qué modo los hombres pueden alcanzar, solamente con el uso de sus facultades naturales, todo el conocimiento que poseen, sin la ayuda de ninguna impresión innata, y pueden llegar a la certeza, sin tales principios o nociones innatos. Porque yo me figuro que se reconocerá que sería impertinente suponer que son innatas las ideas de color, tratándose de una criatura a quien Dios dotó de la vista y del poder de recibir sensaciones, por medio de los ojos, a partir de los objetos externos. Y no menos absurdo sería atribuir algunas verdades a ciertas impresiones de la naturaleza y a ciertos caracteres innatos, cuando podemos observar en nosotros mismos facultades adecuadas para alcanzar tan fácil, y seguramente, un conocimiento de aquellas verdades como si originariamente hubieran sido impresas en nuestra mente.
2. El asentimiento en general constituye el principal argumento. Nada se presupone más comúnmente que el que haya unos ciertos principios seguros, tanto especulativos como prácticos, universalmente aceptados por toda la humanidad. De ahí se infiere que deben ser unas impresiones permanentes que reciben las almas de los hombres en su primer ser, y que las traen al mundo con ellas de un modo tan necesario y real como las propiedades que les son inherentes.
3. El consenso universal no prueba nada como innato. Este argumento, sacado de la aquiescencia universal, tiene en sí este inconveniente: que aunque fuera cierto que de hecho hubiese unas verdades asentidas por toda la humanidad, eso no probaría que eran innatas, mientras haya otro modo de averiguar la forma en que los hombres pudieron llegar a ese acuerdo universal sobre esas cosas que todos aceptan; lo que me parece que puede mostrarse.
4. Lo que es, es; y es imposible que la misma cosa sea y no sea. Estas dos proposiciones son universalmente asentidas. Pero lo que es peor, este argumento del consenso universal, que se ha utilizado para probar los principios innatos, me parece que es una demostración de que no existen tales principios innatos, porque no hay ningún principio al cual toda la humanidad preste un asentimiento universal. Empezaré con los principios especulativos, ejemplificando el argumento en esos celebrados principios de demostración, toda cosa que es, es y de que es imposible que la misma cosa sea y no sea, que me parece que, entre todos, tendrían el mayor derecho al título de innatos. Disfrutan de una reputación tan sólida de ser principio universal que me parecería extraño, sin lugar a dudas, que alguien los pusiera en entredicho. Sin embargo, me tomo la libertad de afirmar que esas proposiciones andan tan lejos de tener asentimiento universal, que gran parte de la humanidad ni siquiera tiene noción de ellos.
5. Esos principios no están impresos en el alma naturalmente, porque los desconocen los niños, los idiotas, etc...Porque, primero, es evidente que todos los niños no tienen la más mínima aprehensión o pensamiento de aquellas proposiciones, y tal carencia basta para destruir aquel asenso universal, que por fuerza tiene que ser el concomitante necesario de toda verdad innata. Además, me parece caso contradictorio decir que hay verdades impresas en el alma que ella no percibe y no entiende, ya que estar impresas significa que, precisamente, determinadas verdades son percibidas, porque imprimir algo en la mente sin que la mente lo perciba me parece poco inteligible. Si, por supuesto, los niños y los idiotas tienen alma, quiere decir que tienen mentes con dichas impresiones, y será inevitable que las perciban y que necesariamente conozcan y asientan aquellas verdades; pero como eso no sucede, es evidente que no existen tales impresiones. Porque si no son nociones naturalmente impresas, entonces, ¿cómo pueden ser innatas? Y si efectivamente son nociones impresas, ¿cómo pueden ser desconocidas? Decir que una noción está impresa en la mente, y afirmar al tiempo que la mente la ignora y que incluso no la advierte, es igual que reducir a la nada esa impresión. No puede decirse de ninguna proposición que está en la mente sin que ésta tenga noticia y sea consciente de aquella. Porque si pudiera afirmarse eso de alguna proposición, entonces por la misma razón, de todas las proposiciones que son ciertas y a las que la mente es capaz de asentir, podría decirse que están en la mente y son impresas. Puesto que si acaso pudiera decirse de alguna que está en la mente, y que ésta todavía no la conoce, tendría que ser sólo porque es capaz de conocerla. Y, desde luego, la mente es capaz de llegar a conocer todas las verdades. Pero, es más de ese modo, podría haber verdades impresas en la mente de las que nunca tuvo ni pudo tener conocimiento; porque un hombre puede vivir mucho y finalmente puede morir en la ignorancia de muchas verdades que su mente hubiera sido capaz de conocer, y de conocerlas con certeza. De tal suerte que si la capacidad de conocer es el argumento en favor de la impresión natural, según eso, todas las verdades que un hombre llegue a conocer han de ser innatas: y esta gran afirmación no pasa de ser un modo impropio de hablar; el cual mientras pretende afirmar lo contrario nada dice diferente de quienes niegan los principios innatos. Porque, creo, jamás nadie negó que la mente sea capaz de conocer varias verdades. La capacidad, dicen, es innata; el conocimiento, adquirido. Pero, ¿con qué fin entonces tanto empeño en favor de ciertos principios innatos? Si las verdades pueden imprimirse en el entendimiento sin ser percibidas, no llego a ver la diferencia que pueda existir entre las verdades que la mente sea capaz de conocer por lo que se refiere a su origen. Forzosamente todas son innatas o todas son adquiridas, y será inútil intentar distinguirlas. Por tanto, quien hable de nociones innatas en el entendimiento, no puede ( si de ese modo significa una cierta clase de verdades ) querer decir que tales nociones sean en el entendimiento de tal manera que el entendimiento no las haya percibido jamás, y de las que sea un ignorante total. Porque si estas palabras: «ser en el entendimiento» tienen algún sentido recto, significan ser entendidas. De tal forma que ser en el entendimiento y no ser entendido; ser en la mente y nunca ser percibido, es tanto como decir que una cosa es y no es en la mente o en el entendimiento. Por tanto, si estas dos proposiciones: cualquier cosa que es, es, y es imposible que la misma cosa sea y no sea, fueran impresas por la naturaleza, los niños no podrían ignorarlas. Los pequeños y todos los dotados de alma tendrían que poseerlas en el entendimiento, conocerlas como verdaderas, y otogarles su asentimiento.
6. Los hombres las conocen cuando alcanzan el uso de razón.
Para evitar esta dificultad, se dice generalmente que todos los hombres conocen esas verdades y les dan su asentimiento cuando alcanzan el uso de razón, lo que es suficiente, continúan, para probar que son innatas. A ello se puede contestar.
8. Si la razón los descubriera, no se probaría que son
innatos.
Si quieren decir que los hombres pueden descubrir esos principios por el uso de la razón y que eso basta para probar que son innatos, su modo de argumentar se reduce a esto: Que todas las verdades que la razón nos puede descubrir con certeza y a las que nos puede hacer asentir firmemente, serán verdades naturalmente impresas en la mente, puesto que ese asentimiento universal, que según se dice es lo que las particulariza, no pasa de significar esto: Que, por el uso de la razón, somos capaces de llegar a un conocimiento cierto de ellas y aceptarlas; y, según esto, no habrá diferencia alguna entre los principios de la matemática y los teoremas que se deducen de ella. A unos y a otros habría que concederles que son innatos, ya que en ambos casos se trata de descubrimientos hechos por medio de la razón y de verdades que una criatura racional puede llegar a conocer con certeza, con sólo dirigir correctamente sus pensamientos por ese camino.
9. Es falso que la razón los descubra.
Pero, ¿cómo esos hombres pueden pensar que el uso de la razón es necesario para descubrir principios que se suponen innatos cuando la razón (si hemos de creerlos) no es sino la facultad de deducir verdades desconocidas, partiendo de principios o proposiciones ya conocidas? Ciertamente, no puede pensarse que sea innato lo que la razón requiere para ser descubierto, a no ser, como ya dije, que aceptemos que todas las verdades ciertas que la razón nos enseña son ciertas. Sería lo mismo pensar que el uso de la razón es imprescindible para que nuestros ojos descubran los objetos visibles, como que es preciso el uso de la razón o su ejercicio, para que nuestro entendimiento vea aquello que está originalmente grabado en él, y que no puede estar en el entendimiento antes que él lo perciba. De manera que hacer que la razón descubra esas verdades así impresas es tanto como decir que el uso de la razón le descubre al hombre lo que ya sabía antes; y si los hombres tienen originariamente esas verdades impresas e innatas, con anterioridad al uso de la razón, y sin embargo las desconocen hasta llegar al uso de razón, ello equivale a decir que los hombres las conocen y las desconocen al mismo tiempo.
12. Cuando alcanzamos el uso de razón, no llegamos a conocer esos principios.
Sí conocer y aceptar esos principios, cuando llegamos al uso de razón, quiere decir que éste es el momento en que la mente los advierte, y tan pronto como los niños llegan al uso de razón alcanzan también a conocerlos y a aceptarlos, esto es asimismo falso y gratuito. En primer lugar es falso porque es evidente que esos principios no están en la mente en una época tan temprana como la del uso de razón y, por tanto, se señala de manera falsa la llegada del uso de razón como el momento en que se descubre. ¿Cuántos ejemplos podríamos citar de uso de la razón en los niños, mucho antes de que tengan conocimiento alguno del principio de que «es imposible» que la misma cosa sea y no sea a la vez? Y gran parte de la gente analfabeta y de los salvajes se pasan muchos años incluso de su edad racional sin jamás pensar en eso, ni en otras proposiciones generales semejantes. Admito que los hombres no llegan al conocimiento de esas verdades generales abstractas, que se suponen innatas, hasta no alcanzar el uso de razón; pero añado que tampoco lo hacen entonces. Esto es así porque, aun después de haber llegado al uso de razón, las ideas generales y abstractas a que se refieren aquellos principios generales, tenidos erróneamente por principios innatos, no están forjadas en la mente, sino que son, por cierto, descubrimientos hechos y axiomas introducidos y traídos a la mente por el mismo camino y por los mismos pasos que otras tantas proposiciones a las que nadie ha sido tan extravagante de suponer innatas. [...]
15. Los pasos a través de los que la mente alcanza distintas verdades.
Inicialmente, los sentidos dan entrada a ideas particulares y llenan un receptáculo hasta entonces vacío y la mente, familiarizándose poco a poco con alguna de esas ideas, las aloja en la memoria y les da nombre. Más adelante, la mente la abstrae y paulatinamente aprende el uso de los nombres generales. De este modo, llega a surtirse la mente de ideas y de lenguaje, materiales adecuados para ejercitar su facultad discursiva. Y el uso de la razón aparece a diario más visible, a medida que esos materiales que la ocupan, aumentan. Pero aunque habitualmente la adquisición de ideas generales, el empleo de palabras y el uso de la razón tengan un desarrollo simultáneo, no veo que se pruebe de ningún modo, por eso, que esas ideas son innatas. Admito que el conocimiento de algunas verdades aparecen en la mente en una edad muy temprana; pero de tal manera que se advierte que no son innatas porque si observamos veremos que se trata de ideas no innatas sino adquiridas, ya que se refieren a esas primeras ideas impresas por aquellas cosas externas en las que primero se ocupan los niños, y que se imprimen en sus sentidos más fuertemente. En las ideas así adquiridas, la mente descubre que algunas concuerdan y que otras difieren, probablemente tan pronto como tiene uso de memoria, tan pronto como es capaz de retener y recibir ideas distintas. Pero, sea en ese momento o no, es seguro que se hace ese descubrimiento mucho antes de alcanzar el uso de la palabra, o de llegar a eso que comúnmente llamamos uso de razón, porque un niño sabe con certeza, antes de poder hablar, la diferencia entre las ideas de lo dulce y lo amargo (es decir, que lo dulce no es amargo), del mismo modo que más tarde, cuando llega a hablar, sabe que el ajenjo y los confies no son la misma cosa.
II. El conocimiento procede de la experiencia
§ 1. La idea es el objeto del pensamiento. Puesto que todo hombre es consciente para sí mismo de que piensa, y siendo aquello en que su mente se ocupa, mientras está pensando, las ideas que están allí, no hay duda de que los hombres tienen en su mente varias ideas, tales como las expresadas por las palabras blancura, dureza, dulzura, pensar, moción, hombre, elefante, ejército, ebriedad y otras. Resulta, entonces, que lo primero que debe averiguarse es cómo llega a tenerlas. Ya sé que es doctrina recibida que los hombres tienen ideas innatas y ciertos caracteres originarios impresos en la mente desde el primer momento de su ser. Semejante opinión ha sido ya examinada por mí con detenimiento, y supongo que cuanto tengo dicho en el libro anterior será mucho más fácilmente admitido una vez que haya mostrado de dónde puede tomar el entendimiento todas las ideas que tiene, y por qué vías y grados pueden penetrar en la mente, para lo cual invocaré la observación y la experiencia de cada quien.
§ 2. Todas las ideas vienen de la sensación o de la reflexión. Supongamos, entonces, que la mente sea, como se dice, un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea. ¿Cómo llega a tenerlas? ¿De dónde se hace la mente con ese prodigioso cúmulo, que la activa e ilimitada imaginación del hombre ha pintado en ella, en una variedad casi infinita? ¿De dónde saca todo ese material de la razón y del conocimiento? A esto contesto con una sola palabra: de la experiencia; he allí el fundamento de todo nuestro conocimiento, y de allí es de donde en última instancia se deriva. Las observaciones que hacemos acerca de los objetos sensibles externos o acerca de las operaciones internas de nuestra mente, que percibimos, y sobre las cuales reflexionamos nosotros mismos, es lo que provee a nuestro entendimiento de todos los materiales del pensar. Esta son las dos fuentes del conocimiento de donde dimanan todas las ideas que tenemos o que podamos naturalmente tener.
§ 3. Los objetos de la sensación, uno de los orígenes de las ideas. En primer lugar, nuestros sentidos, que tienen trato con objetos sensibles particulares, transmiten respectivas y distintas percepciones de cosas a la mente, según los variados modos en que esos objetos los afectan, y es así como llegamos a poseer esas ideas que tenemos del amarillo, del blanco, del calor, del frío, de lo blando, de lo duro, de lo amargo, de lo dulce, y de todas aquellas que llamamos cualidades sensibles. Cuando digo que eso es lo que los sentidos transmiten a la mente, quiero decir que ellos transmiten desde los objetos externos a la mente lo que en ella produce aquellas percepciones. A esta gran fuente que origina el mayor número de las ideas que tenemos, puesto que dependen totalmente de nuestros sentidos y de ellos son transmitidas al entendimiento, la llamo sensación.
§ 4. Las operaciones de nuestra mente, el otro origen de las ideas. Pero, en segundo lugar, la otra fuente de donde la experiencia provee de ideas al entendimiento es la percepción de las operaciones interiores de nuestra propia mente al estar ocupada en las ideas que tiene; las cuales operaciones, cuando el alma reflexiona sobre ellas y las considera, proveen al entendimiento de otra serie de ideas que no podrían haberse derivado de cosas externas: tales son las ideas de percepción, de pensar, de dudar, de creer, de razonar, de conocer, de querer y de todas las diferentes actividades de nuestras propias mentes, de las cuales, puesto que tenemos de ellas conciencia y podemos observarlas en nosotros mismos, recibimos en nuestro entendimiento ideas tan distintas como recibimos de los cuerpos que afectan a nuestros sentidos. Esta fuente de ideas la tiene todo hombre en sí mismo, y aunque no es un sentido, ya que no tiene nada que ver con objetos externos, con todo se parece mucho y puede llamársele con propiedad sentido interno. Pero, así como a la otra la llamé sensación, a ésta la llamo reflexión, porque las ideas que ofrece son sólo aquellas que la mente consigue al reflexionar sobre sus propias operaciones dentro de sí misma. Por lo tanto, en lo que sigue de este discurso, quiero que se entienda por reflexión esa advertencia que hace la mente de sus propias operaciones y de los modos de ellas, y en razón de los cuales llega el entendimiento a tener ideas acerca de tales operaciones. Estas dos fuentes, digo, a saber: las cosas externas materiales, como objetos de sensación, y las operaciones internas de nuestra propia mente, como objetos de reflexión, son, para mí, los únicos orígenes de donde todas nuestras ideas proceden inicialmente. Aquí empleo el término "operaciones" en un sentido amplio para significar, no tan sólo las acciones de la mente respecto a sus ideas, sino ciertas pasiones que algunas veces surgen de ellas, tales como la satisfacción o el desasosiego que cualquier idea pueda provocar.
9. El alma empieza a tener ideas cuando comienza a percibir.
Preguntar en qué momento tiene ideas un hombre es igual que preguntar cuándo comienza a percibir, ya que tener ideas y percibir son la misma cosa. Sé que es opinión aceptada que el alma siempre piensa, y que, mientras existe, constantemente tiene en sí misma una percepción actual de ciertas ideas, y que ese pensar actual es tan inseparable del alma como lo es del cuerpo la extensión actual. Sí esto es cierto, preguntar por el comienzo de las ideas de un hombre es lo mismo que inquirir por el comienzo de su alma; porque, según eso, el alma y sus ideas, como el cuerpo y su extensión, empezarán a existir al mismo tiempo.
10. El alma no piensa siempre, ya que esto no puede probarse.
Pero que se suponga que el alma exista con anterioridad, o simultáneamente o después de los primeros rudimentos u organización, o al inicio de la vida en el cuerpo, es algo que dejo a la discusión de quienes lo hayan pensado más detenidamente que yo. Admito que soy de esos que poseen un alma obtusa que no se percibe a sí misma en constante contemplación de ideas; ni tampoco imagino que sea más necesario el que la mente esté siempre reflexionando o que el cuerpo esté siempre en movimiento, ya que según concibo, la percepción de ideas es para el alma lo que el movimiento para el cuerpo: no su esencia, sino tan sólo una de sus operaciones, Por ello, por más que se suponga que la acción más propia del alma es el pensar, no hace falta, sin embargo, creer que siempre está pensando, que siempre está activa. Ese, tal vez, sea el privilegio del Autor infinito y Conservador de todas las cosas, «que nunca se adormece ni duerme»; pero no es acorde con ningún ser finito, o por lo menos con el alma humana. Sabemos de manera cierta y por experiencia que algunas veces pensamos, y de aquí podemos extraer esta conclusión infalible: existe algo, en nosotros que tiene el poder de pensar; pero si piensa perpetuamente o no esa sustancia es algo de lo que no podemos estar más seguros que lo que la experiencia nos informa. Porque afirmar que el pensar actual es esencial al alma e inseparable de ella, es caer en una petición de principio y no supone aportar ninguna prueba por medio de la razón, lo cual es necesario, cuando no se trata de una proposición por sí misma evidente. Pero que sea cierto que esta proposición «que el alma piensa siempre» sea de suyo evidente y a la que todo el mundo asiente una vez la oye, es algo que dejo al dictado del género humano. Se pone en duda si pensé o no durante toda la noche anterior; como es un asunto de hecho, se incurre en petición de principio al aducir como prueba una hipótesis sobre la cosa misma que se discute. De esta manera se podría probar cualquier cosa: bastaría suponer que todos los relojes piensan mientras se mueve el péndulo para probar de manera indudable que mi reloj estuvo pensando durante toda la noche anterior. Para quien no quiera mentir tiene que construir sus hipótesis sobre hechos y demostrarlas por medio de la experiencia sensible, y no establecer una presunción de hecho en favor de su hipótesis, es decir, suponer que el hecho es así. Semejante manera de probar se reduce a esto: es necesario admitir que estuve pensando durante toda la noche anterior porque otra persona supone que siempre estoy pensando, aun cuando yo mismo no pueda percibir que lo hago. Pero los hombres que aman sus opiniones no sólo son capaces de suponer lo que se está cuestionando, sino de alegar falsamente en materia de hecho. Pues de otra forma quien podría decir que es inferencia mía «que una cosa no es, porque no somos conscientes de ella mientras dormimos». Yo no afirmo que no exista un alma en un hombre porque no sea consciente de ella mientras duermo; pero si digo que en ningún momento puede pensar, despierto o dormido, sin ser sensible de ello. Este ser sensible no es necesario respecto a ninguna cosa, con excepción de nuestros pensamientos, para los que es y será siempre necesario, en tanto que no podamos pensar sin tener conciencia de que pensamos.
11. El alma no es siempre consciente de que piensa.
Admito que el alma en un hombre en estado de vigilia nunca está sin pensamiento, ya que esa es la condición de ese estado. Pero que el dormir sin soñar no sea una acepción que haga referencia al hombre en su totalidad, en mente y cuerpo, es algo que quizá merezca la pena que un hombre en estado de vigilia considere, pues no resulta fácil concebir que alguien piense sin ser consciente de ello. Si el alma piensa en un hombre dormido, sin tener conciencia de ello, pregunto si mientras piensa de ese modo tiene algún placer o dolor, o si es capaz de experimentar felicidad o tristeza. Estoy seguro de que no lo es más de lo que lo sería la cama o el suelo en que descansa; porque ser feliz o desgraciado sin ser consciente de ello, me parece totalmente inconsecuente e imposible, o si acaso fuera posible que la mente pueda, mientras el cuerpo duerme, tener por su cuenta sus pensamientos, sus placeres y preocupaciones, su goce y su dolor, de los que el hombre no es consciente, es seguro que Sócrates dormido y Sócrates despierto no son la misma persona; sino que el alma de Sócrates mientras duerme, y Sócrates el hombre, compuesto de cuerpo y alma cuando está despierto, son dos personas; ya que el Sócrates no tiene conocimiento, ni le importa, de esa felicidad o miseria que su alma experimenta sola y por si mientras él duerme, sin que nada perciba de ello, y que le es tan extraño como la felicidad o miseria de un hombre en las Indias, cuya existencia desconoce totalmente. Porque si privamos de manera total nuestras acciones y sensaciones de toda conciencia sobre ellas, especialmente del placer y del dolor y del remedio que siempre les acompaña, nos resultará difícil saber en qué parte radica la identidad personal.
22. La mente piensa en relación con el asunto que obtiene de la experiencia. Seguid a un niño desde su nacimiento y observad las modificaciones que causa el tiempo, y podréis ver que a medida que el alma se abastece más y más de ideas por medio de los sentidos llega a estar más y más despierta: piensa más, cuanto más materia tiene en que pensar. Pasado algún tiempo, empieza a reconocer los objetos que, por serle más habituales, han dejado una impresión duradera. De esta manera llega a conocer de manera gradual a las personas que trata diariamente y diferenciarlas de los extraños; lo que es ejemplo o efecto de que empieza a retener y a distinguir aquellas ideas que los sentidos le comunican. Y de este modo podemos observar cómo la mente se perfecciona, de manera gradual, en esas facultades y cómo marcha hacia el desarrollo de aquellas otras que consisten en ampliar, componer y abstraer sus ideas, y en razonar y reflexionar sobre la totalidad de esas ideas y de otras acerca de las cuales podré hablar más detenidamente en adelante.
23. Un hombre comienza a tener ideas cuando tiene la primera sensación.
Si se llega a preguntar: ¿en qué momento comienza un hombre a tener ideas?, creo que la verdadera respuesta es que empieza en el momento en que tiene una sensación por vez primera. Porque visto que, según parece, no existen ideas en la mente antes de que se las comuniquen los sentidos, pienso que las ideas en el entendimiento son simultáneas a la sensación, que es una impresión hecha en alguna parte del cuerpo, de tal índole que provoca alguna percepción en el entendimiento. Estas impresiones que producen en nuestros sentidos los objetos externos son aquello en lo que la mente parece primero ocuparse en las operaciones que denominamos percepción, recuerdo, consideración, raciocinio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario